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Todos los comienzos tienen algo en común: incomodan. Dan miedo. Te hacen dudar de ti.
Y aunque hoy lo sé con claridad, hubo un momento en mi vida en el que no era tan fácil verlo.
Recuerdo muy bien mi primer día de simulacro en uno de los trabajos más importantes que he tenido. Estar allí, ver escenarios tan fuertes y tan reales, me paralizó por completo. Sentí que el cuerpo estaba presente, pero la mente no reaccionaba. Fue uno de esos instantes en los que te preguntas en silencio: ¿qué hago aquí?
En medio de esa sensación, una compañera se acercó y me dijo algo que nunca olvidé:
“Tú no das para esto.”
No voy a mentir. Esa frase dolió. Pesó. Por un momento me hizo creer que tal vez tenía razón. Pero también encendió algo dentro de mí. Algo que no sabía que necesitaba: determinación.
Decidí seguir. Esforzarme más. Aprender. Caer y volver a intentar.
Cuando pasamos del simulacro al área de entrenamiento, y luego a la práctica real, algo cambió. El miedo empezó a transformarse en experiencia. La inseguridad, en aprendizaje. El cansancio, en constancia.
Con el tiempo —y gracias al esfuerzo constante— llegaron cosas que nunca imaginé: reconocimientos, logros y, sobre todo, la certeza de que sí podía.
Los comienzos difíciles no son una señal para rendirte, son la base de lo que viene.
A veces las palabras que más duelen terminan siendo el empujón que necesitabas para superarte. No todos verán tu potencial desde el inicio, pero eso no define hasta dónde puedes llegar.
Sigue. Incluso cuando dudes.
Especialmente cuando dudes.